Saharauis bajo una nueva mirada.

“Saharauis. Solo el Desierto” , una colectiva de fotografías de Evaristo Delgado, José María Díaz Maroto, Manolo Laguillo, José Manuel Navia, Mónica Roselló, Ángel Sanz y Manuel Sonseca , realizadas por iniciativa de la ONG RIVAS/SAHEL .

Se trata de un conjunto de fotografías llevadas a cabo por estos siete fotógrafos españoles en los campos de refugiados saharauis en Tindug, en el Sáhara argelino. Como dice Paco Nadal: “no es la primera vez que artistas comprometidos plasman en sus imágenes la situación extrema e insoportable de los campos de refugiados saharauis, pero sí una de las pocas en las que siete creadores ajenos a la denuncia fotográfica se enfrentan a un problema de calado social, poco habitual en sus obras personales. La dignidad y la poesía que destilan sus imágenes son un espejo de la valentía con la que el pueblo saharaui, olvidado por el mundo, afronta su sexto lustro en el infierno”.

Cada uno de estos fotógrafos nos muestra a través de su mirada personal e intuitiva uno de los conflictos humanos de más actualidad.

El proyecto se ha realizado con la colaboración desinteresada de todas las personas participantes, y los beneficios que proporcione la venta de las fotografías y del libro en el que han sido recopiladas serán destinados a dos proyectos a desarrollar en los campamentos saharauis: uno para la escuela de mujeres del 27 de Febrero y otro para el colegio de niños disminuidos de Smara.

El pueblo sin tierra .

Paco Nadal

Observen con detenimiento las fotos que ilustran este libro. ¿Qué ven en ellas? ¿Drama o lirismo? ¿Injusticia o belleza? Hay niños que juegan felices, perfiles difuminados de muchachas sonrientes, escenas familiares que destilan dulzura. Nadie diría que los protagonistas de estas imágenes llevan desde 1976 viviendo en uno de los lugares más infernales de la Tierra, que esos niños nunca han visto un árbol, que esas mujeres hacen sus necesidades en el desierto a la vista de todos porque en sus jaimas no hay letrinas. Que son los actores silenciosos de uno de los conflictos humanos más antiguos y enquistados a los que se ha tenido que enfrentar la ONU.

Aunque la historia nos toca muy de cerca, muchos parecen haberla olvidado. El 14 de noviembre de 1975 España firmaba un acuerdo tripartito con Marruecos y Mauritania por el que se entregaba a estos dos países la antigua colonia del Sahara occidental, después de casi un siglo de presencia española en la zona y sin tener en cuenta los derechos ni los deseos de sus pobladores. De la noche a la mañana, el Sahara Occidental pasó de manos españolas a marroquíes forzando al éxodo a unos 200.000 saharauis que desde entonces sobreviven como pueden en el más desolado pedregal del desierto argelino. Ellos son los protagonistas de estas fotografías, captadas por la mirada personal, intuitiva, poética, de siete fotógrafos españoles.

No es la primera vez que artistas comprometidos plasman en sus imágenes la situación extrema e insoportable de los campos de refugiados saharauis en Tindug, en el Sahara argelino, pero sí una de las pocas en las que siete creadores ajenos a la denuncia fotográfica se enfrentan a un problema de calado social, poco habitual en sus obras personales. La dignidad y la poesía que destilan sus imágenes son un espejo de la valentía con la que el pueblo saharaui, olvidado por el mundo, afronta su sexto lustro en el infierno. Como decía André Breton, la vélelas tiene que ser convulsiva o no será.

Amanece muy pronto en el campamento 27 de Febrero, uno de los que forman la República Árabe Saharaui Democrática en el exilio de Tinduf, convertido ahora en escuela de formación profesional para mujeres. Está oscuro aún cuando Salem Mohamed Alleh, nacido en el Aauin en 1942, soldado del ejército español desde los 16 años, sale de su tienda familiar y arranca el autobús de transporte público que conduce.

Salem es un tipo con suerte porque tiene un trabajo y una pensión del Ejército español, en el que alcanzó la graduación de cabo. Con ambos ingresos puede mantener a sus ocho hijos. Su historia es calcada a la de Ibrahim Omar Ibrahim, 15 años en el ejército español, y a la de otros muchos hombres de su edad, que estaban formados en los patios de los cuarteles españoles aquel aciago 12 de enero de 1976, cuando sus capitanes les ordenaron entregar las armas y abandonar sus puestos. Muchos de ellos guardan aún su carné de identidad español, sus contratos con la administración colonial, su cartilla del servicio militar o cualquier recuerdo que les ligue a un pasado que les ayuda a soportar la pesadilla. La referencia a España es constante en los campamentos. El español es la segunda lengua de los campos y la península es vista como la única esperanza de apoyo en la Unión Europea.

Uno de los fotógrafos del grupo lleva consigo un ejemplar de Estudios Saharianos, una obra del historiador Julio Caro Baroja considerada el mejor tratado antropológico sobre esta zona del Zagreb. Ibrahim la toma entres sus manos, casi con reverencia, se sienta en la arena junto a su amigo Mulay Fadel, que trabaja como guía y traductor, y ambos lloran de emoción. Es su propia historia, la cronología de su pueblo, y además contada por un español. ¿Hay mayor gozo bajo las estrellas?

Conforme clarea la madrugada una multitud de sombras empieza a pulular por los campamentos. Los niños se dirigen a la escuela (la escolarización es obligatoria en la RASD), las mujeres salen a buscar agua o a su puesto de trabajo en las oficinas estatales, en los hospitales o en las escaleras. Algunos hombres rezan de rodillas la primera oración del día. Pese a lo inhóspito del terreno, la República Árabe Saharaui Democrática no ha tenido más remedio que organizar un estado en miniatura, con todos sus servicios. Lo que en un principio parecía una huida temporal, hasta que las hazañas saharauis expulsaran al invasor marroquí, se ha convertido en un más de cuarto de siglo de espera. Y ese es el verdadero milagro, lo que fascina a la caravana casi continua de cooperantes, amigos y simpatizantes que llegan a Tinduf portando ayuda y tratando de que la llama de la actualidad saharaui no se apague en los medios de comunicación.

Aunque no es una Arcadia feliz y existen desigualdades sociales y problemas internos, los saharauis han logrado instalar granjas de pollos, servicios médicos, un sistema de distribución de los alimentos de la ayuda internacional, hospitales, escuelas, oftalmólogos, pequeños negocios de comestibles y tabaco y transporte público en un paisaje lunar donde nada levanta más de un palmo de la calcinada tierra. Un ejemplo de supervivencia en la nada más absoluta. Gran parte del mérito recae en las mujeres saharauis, cuyo trabajo callado y anónimo ha contribuido decisivamente al entramado educativo y sanitario que hoy gozan los campamentos del Tinduf. Un esfuerzo reconocido internacionalmente cuando el colectivo de mujeres saharaui fue propuesto para el premio Príncipe de Asturias a la Concordia.

Hacia las once de la mañana, la vida desaparece de Tinduf. El termómetro roza los 50º y sólo cabe meterse bajo la tienda, buscar una sombra y pasar el día aletargado, medio muerto bajo un calor imposible de describir. Será hasta media tarde, cuando el sol empiece a declinar y los niños vuelvan a corretear entre las jaimas, los hombres extiendan alfombras sobre la arena para sentarse a charlar y tomar el te y las madres preparen la cena con las raciones de la ayuda internacional que se entregan a cada familia.

Con esta terrible monotonía discurren los días para el pueblo saharaui. Y así desde hace 28 interminables años. Una vida muy distinta a la nómada que tuvieron en los antiguos territorios, aunque la colonización española y la creación de asentamientos junto a la costa cambiaron sustancialmente sus métodos de vida. Se calcula que de los 75.000 saharauis censados por la administración colonial española, sólo un 20% vivía del pastoreo nómada de sus rebaños en el momento de la descolonización.

Por desgracia, la solución política al conflicto sigue enquistada en los pasillos de la ONU. Mientras tanto, todo un pueblo – muchos de cuyos integrantes tuvieron DNI español – sigue soportando el más terrible de los destierros en la más desolada esquina del Sahara. Y sus niños siguen sin saber lo que es un árbol. Es lo que tratan de denunciar estas fotos, lo que el sentido común exige. Una solución justa y digna para un pueblo que lleva más de un cuarto de siglo sin tierra.